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Bill Campbell CD "Another Lonely Night" and Shaka Zulu "Africa Is Calling"
Mature Melodies Vol. 7 featuring "He Stop Loving Her Today by Bill
Campbell. Available Now. Ann Campbell's rendition of "Someone Like You"
available soon.
BAJO LA ESPESURA DEL BOSQUE
Esa
noche se nos vino encima un temporal con relámpagos
y truenos. Llegamos a las seis de la tarde, luego de
recorrer por quince días valles y montañas en los
alrededores de Toro Bayo. “La misión encomendada fue
recuperar los cuerpos masacrados por la Guardia
Nacional de los compañeros miembros de la columna
guerrillera Jacinto Hernández”, dijo Marcelo con
tono nervioso quitándose la gorra azul y
acomodándosela nuevamente para cubrir el cabello
ralo de su cráneo emblanquecido. El grupo de rescate
estaba formado por quince compañeros excombatientes
contra la guardia en la lucha guerrillera, miembros
del recién formado Ejército; llegamos a Nueva Guinea
provenientes de diferentes lugares del país. “Mira,
aquí está la prueba”, dijo mostrando un broche de
combatiente histórico que le habían entregado. “Mis
años de guerrillero los pasé en el Frente Sur”,
agregó Marcelo.
La
Guardia Nacional descubrió la incursión de la
columna guerrillera y movilizó a sus fuerzas elites,
la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería
(EEBI) por tierra y a la aviación, para frenar su
avance. Los combatientes de la columna no lograron
el apoyo de los campesinos de la zona porque los
jueces de mesta, con los orejas de la guardia,
dominaban los campos y los mantenían aterrorizados.
En complicidad con ellos, a varios miembros de la
columna les dieron de comer nacatamales mezclados
con una planta llamada “camotillo” y en su marcha
sufrieron nauseas, vómito y diarrea hasta quedar
completamente deshidratados, sin fuerzas. En esas
condiciones los masacró la guardia el 17 de mayo de
1979, antes del triunfo de la revolución. “A muchos
los enterraron en el Paso de las Yeguas y en otros
lugares donde fueron asesinados”, dijo Marcelo
aspirando un largo sorbo de cigarrillo con sus manos
temblorosas. No todos murieron en esa zona —dijo
Álvaro. Es cierto —respondió exhalando una bocanada
de humo como locomotora furiosa y agregó— otros
cayeron en Punta Gorda.
Al
regresar nos acomodaron en el ex cuartel de la EEBI,
ubicado al lado sureste de la pista de aterrizaje.
Era una casa de madera y tambo con un inmenso
corredor a la que llamaban “casa blanca”. Luego de
acomodar los cuerpos recuperados en una habitación,
nos dieron de cenar y el jefe del grupo, Enrique,
procedió a hacer el rol de guardia, de vigilancia.
Me dormí en instantes en la covacha y me despertaron
diez minutos antes de las doce para hacer posta de
dos horas. Tomé café y me acomodé en una esquina del
corredor. No se escuchaba ningún ruido más que el de
la lluvia intensa sobre el zinc y había poca
visibilidad por la neblina.
A
las doce en punto escuché el ruido del motor de un
jeep Willis que se aproximaba; al dar la vuelta en
el extremo este de la pista vi el destello de sus
luces. Se aproximaba de prisa, salpicando agua de
los charcos en su recorrido. Al estacionarse bajó de
prisa el jefe militar de la zona y despertó a
Enrique. Hablaron un rato, luego despertaron a los
miembros del grupo y nos reunieron formados en la
sala. El jefe militar habló para darnos
felicitaciones. Dijo que nuestro rescate pasaría a
ser parte de la historia del país, de la lucha
sandinista y que al día siguiente los cuerpos serían
identificados por especialistas provenientes de
Managua. Nos estrechó las manos a todos, luego se
retiró. Mis compañeros volvieron a descansar y
continúe en el rol de guardia.
Marcelo volvió a encender un cigarrillo, inhaló una
profunda bocanada de humo, se quitó y acomodó la
gorra como un acto reflejo. ¿De qué mes estás
hablando?, preguntó Álvaro. Mira hermano, fue hace
muchos años, en agosto de 1979, recién el triunfo.
¿Nos tomamos un café? —le preguntó porque lo miraba
inquieto. Dale, pues —respondió. Está bonito el
broche —le dijo. Sí, es un reconocimiento a mi larga
trayectoria. Aquí donde me ves, así sencillo y de
botas de hule, nunca he pedido nada por haber
combatido a la guardia cuando le cuereaba, ni por
defender la revolución como hacen ese montón de
culitos chica que buscan desesperados unas laminitas
de zinc. Por esos tiempos —dijo y brindaron.
El frío de la noche lluviosa me calaba hasta los
huesos. Acurrucado en la esquina del corredor me
cubrí el pecho con el capote y, mientras la densa
neblina y el silencio hechicero me acompañaban,
recordé cada uno de los momentos del rescate de los
combatientes heroicos.
Me encontraba bajo la espesura del bosque con mis
compañeros y tres campesinos nos indicaban el lugar
que daba muestras del enterramiento porque se notaba
tierra removida, sobrante, de un color diferente.
Tomé mi pala y comencé a excavar, al inicio con
delicadeza, pero luego de prisa, con desesperación y
el corazón latiéndome como tratando de volcarse
sobre la fosa que iba abriendo. De pronto, como a
una vara de profundidad, sentí que la pala pegó en
algo diferente y comencé a remover tierra con mayor
cuidado desde ese punto hacia los lados hasta llegar
al nivel de profundidad que había alcanzado. Saqué
tierra con la punta de la pala y vi el uniforme
verde olivo. ¡Compañeros, compañeros, aquí encontré
a uno! —grité. ¡Yo también, aquí hay otro! —gritó
uno de los compañeros y seguido de él escuche a
otros gritando lo mismo.
Al
terminar de quitar la tierra de encima procedí a
apartar la de los lados. No sentí mal olor, no lo
sentía aun cuando el cuerpo estaba en estado de
descomposición avanzada. Trate de sacarlo de un
tirón pero no pude, el cuerpo se desprendió en
partes. Volví la mirada hacia arriba y observé a uno
de los campesinos que se cubría la boca y la nariz
con un pañuelo; hasta ese momento sentí el olor de
la muerte. Salí del hueco, tomé una bolsa de
plástico de la mochila, un vaso de zepol y volví a
bajar. No soportaba el olor, me unté zepol en la
nariz y me cubrí con un pañuelo. Tomé el cuerpo de
los pies, le quité las botas, abrí la bolsa y poco a
poco lo fui metiendo por partes hasta culminar con
la cabeza. Mis manos, mis piernas, todo mi cuerpo
temblaba; con todas mis fuerzas, luego de amarrar la
bolsa, lo levanté sacándolo a la superficie.
En
ese punto rescatamos a veinte. En varios
enterramientos había dos y hasta tres cuerpos, todos
estaban completos. Luego de descansar un par de
horas iniciamos la marcha de regreso a Nueva Guinea.
Los más fuertes cargaron dos cuerpos, yo solamente
traía al que había desenterrado. Tardamos dos días
caminando hasta llegar al pueblo. ¿Y que pasó con
los cuerpos? —preguntó Álvaro. Los identificaron y
fueron trasladados a varios lugares del país, unos a
Managua y otros a Rivas —contestó Marcelo luego de
tomarse un trago de café con la mano derecha
temblándole.
“El
que yo rescaté se llamaba Amado Caballero y cuando
dejé la vida militar me convertí en cooperativista.
Al organizar la cooperativa junto a otros campesinos
de la zona, aún cuando muchos de ellos combatieron
con la contra, ninguno se opuso a mí moción de
nombrarla “Amado Caballero”, dijo Marcelo al
despedirnos y acomodarse la gorra azul con el
logotipo de su organización.
Ronald Hill A.
La Colina
hillron@hotmail.com
Nueva Guinea, RAAS.
Martes, 03 de enero de 2012